Bujalance y La Pajarona

El joyero del fandango

Me dirigía en moto a Bujalance desde Córdoba. Tenía tiempo para hacer un viaje relajado, quise extenderlo y disfrutar la sensación de libertad que produce un viaje sobre dos ruedas y sin más chasis que tu equipo y casco.

Quise prolongar el recorrido para disfrutar del manto verde y marrón que el trayecto me ofrecía en su horizonte abandonando la autovía por Bailén, no sin antes haber desayunado en Andújar. Entré en el primer bar que encontré en la carretera antes de acceder al pueblo y pedí una tostada con aceite de oliva, tipo hoyo, como tantas veces durante mi infancia mi madre me había preparado, y emprender el viaje visitando el santuario de la Virgen de la Cabeza.

Era invierno, tuve que agitar la botella que se resistía a verter un oro verde congelado adhiriéndose a su interior y evidenciando la extrema calidad que albergaba.

Por Tarantas

Tiene un fondo azul marino
cuando ves de frente el mar.
Que en Jaén es verde olivo,
horizonte del camino,
olas verdes de olivar.

Es lo que visualizaba,
me desvié por Bailén
y en Linares me paraba,
que es madre de una Taranta
apellidada Jaén.

Sobre sus tierras descansa
ese manto de color.
Que el pincel de la besana
con sus surcos dibujaba
acariciando el marrón.

Pude allí, a pesar de ser un hombre poco creyente, disfrutar el valor si no religioso, sí humano que podía comprobar en las cercanías del santuario.

La apariencia límpida en la escultura de aquel peregrino que señalaba hacia el Santuario junto a la grácil figura de quien se supone su hijo y aquella piedra que decían que hablaba.

Me paré a escucharla.

Me habló con su silencio, con el tallado existente en ella, sobre las bondades que ofrecían las jaras, sus pinos, su flora, su sierra, su perfume, su color…

Finalizó sentenciando un nuevo destino de mi alma, según y acertadamente me dijo al final del breve monólogo que mantuvo conmigo.

Bellas e inolvidables palabras las que profirió antes de que reanudara mi viaje.

“Acogiendo el paseo de cualquier viajero que de ellas quisieran disfrutar”.

Continué el recorrido y escasos quinientos metros después, de nuevo me volví a detener.

Comprobé no sin dificultad un recóndito acebuche, vetusto, solitario y robusto y austero que había querido presenciar desde su lejanía la historia de sus hermanos desde aquel retiro y el deleite que producía a quienes lo podíamos apreciar.

Después de disfrutar el encanto del santuario, destino de miles de moteros, continúe hacia Linares. Quería disfrutar de la tierra de la Taranta.

Soy aficionado letrista flamenco y no quería pasar otra vez sin degustar la presencia de este estilo en sus peñas y calles, aunque fuera momentáneo en esta ocasión.

Entrañable municipio jienense que vio nacer a Carmen Linares, Rafael y la preciada taranta.

La taranta como estilo flamenco, tan rasgado, realista y gélido como cálido y acogedor. Tan distante y huidizo como cercano y cariñoso, compartiendo gustosa su hermandad con La Unión en Murcia, único deleite de mineros tras las angustiosas horas de trabajo en las minas.

Su sentimiento curtido y expresivo siempre atrajo mi atención a la hora de componer temas.
Su métrica octosilábica de cinco versos (tercios les llamamos los flamencos) permitiendo jugar con las repeticiones, permiten desarrollar un sentimiento más completo que el de otros estilos (al igual que la Malagueña, Granaína o fandango).

Imaginar mis composiciones conforme se van desarrollando con sus tercios enhebrados y dirigidos por un metal de voz rasgado, inherente a este estilo, siempre me sedujo.

No pude entender mi mala suerte cuando me encontré con la Peña El Cabrerillo cerrada, pero, en fin, avatares de la vida hicieron que me encaminara hacia Bujalance postergando la visita (no era la primera vez que iba, ya la conocía).

Como al fin y al cabo cualquier suceso contradictorio siempre tiene algo de positivo, preferí aceptarlo así y entender que la visita a la Peña no demoraría más de la cuenta mi trayecto y permitiría poder circular hasta Bujalance a una velocidad inferior a la permitida.

En terrenos en los que puedes encontrar algún conejo atrevido cruzando la carretera y tener que realizar una maniobra peligrosa para esquivarlo o no poder sortearlo y sufrir en cualquiera de mis dos ruedas un desafortunado desequilibrio, es mejor extremar las precauciones.

 

Llegué a Bujalance sin mi fiel mastín (pocas veces nos abandonamos como dije).
Fui con la intención de ver a sus padres e “inspeccionarlos” (viven en una finca de este pueblo), pasan más tiempo del que quisiera sin compañía humana.

Abrí las puertas. Después de deshacerme de ellos, entre saludos, carantoñas, saltos y lametazos de los mastines padres al mío, dejé en la vivienda accesorios innecesarios en trayectos cortos del equipo para cepillarlos, comprobar su agua, comida, descansar un rato y después dirigirme a Bujalance a degustar uno de esos momentos y platos que aderezan algunos fines de semana que puedo disfrutar en este pueblo.

Se trata de las patatas rellenas.

(Aprovecho el relato para incluir incisos poético-flamencos)

Esas patatas rellenas
con sabor a perejil
Bujalance, aceitunera
florecita cordobesa
pasando el Guadalquivir

Las conocí en un bar antiguo, legendario con ese olor y presencia de maderas desgastadas en vigas y barra que le otorgaba ese ambiente entrañable que habita en sitios típicos con solera andaluza, el Casino, cuando aún no estaba reformado.
Me embriagó.
Se jactaba el local mediante un antiguo artículo del Diario Córdoba, enmarcado en un sitio visible, de haber sido su especialidad reconocida en algún evento.

Por madre la temporera
y por padre los olivos.
Pajarona, compañera
chiquitita pero estrella
del flamenco y sus estilos

Tanto me gustaron que decidí visitar los bares de Bujalance donde las servían en mis siguientes visitas.

Descubrí que además de ofrecer cada bar su ligera distinción de sabor, todas sabían bien, de manera que en mi personal “guía Michelin” decidí considerarlas auténticas ambrosías y hacerme asiduo a ellas.

En una de esas ocasiones, en un bar de la plaza de Los Naranjos, pude observar que tras la barra exhibían, como orgullosos, un libro de flamenco titulado “Grandes leyendas del cante. Peña Flamenca La Pajarona”.

Como aficionado al flamenco me interesé por él preguntando si estaba a la venta y me dijeron que no.

Me informó un señor que trabajaba allí, muy simpático por cierto (supuso la presentación del carácter bujalanceño), que pertenecía a una Peña ubicada a escasos metros y esa precisa noche tenía previsto un recital, de manera que me apresuré en consumir mi preciada patata rellena y marchar a “La Pajarona”.

 

Mi mulo se levanta
por la mañana
pa escuchar que recito
a la besana.

Cuando vamos pal pueblo
siempre se asoma.
pa escuchar desde lejos
La Pajarona.

Entré, me acerqué a la barra, pedí una cerveza y pregunté a un camarero sobre la posibilidad de presenciar el recital pagando una entrada. Me dijeron que no tenían conocimiento de las normas de la Peña, que sólo se encargaban de la hostelería, pero que en la planta superior, donde estaba previsto tal recital (no sabía quiénes eran el guitarrista y el cantaor) estaban los directivos y podría preguntarles.

De manera que subí cuando acababa de empezar con el tiempo justo de no molestar en el inicio.

 

Me paraba sin quererlo
entre Córdoba y Jaén
Bujalance su Alcazaba
era esbelta su muralla
Los naranjos en su plaza
me miraban, los miré.

Me quedé detrás del público, de pie, pasando desapercibido, escuchando a un guitarrista y a un cantaor cordobeses que no lo hacían nada mal, aunque lamentablemente no recuerdo sus nombres.

Cuando terminó el primer cante, con tanto sigilo como educación, se acercó a mí un señor (de la directiva supuse) alto, delgado y moreno, de una edad parecida a la mía (unos cuarenta y cinco, por aquellos entonces) y me hizo la pregunta de rigor…

Él: Buenas noches. ¿Pertenece usted a la Peña? (evidentemente sabía que no).

Yo: Buenas noches. No, precisamente estaba buscando alguien al que poder pedir permiso y abonar una entrada. He subido porque el señor de la barra me lo ha permitido, pero si es una reunión de socios y no admiten a un desconocido, pido perdón y me marcho.

 

No sabía que había una torre
inclinada pa mirar.
Esa curvita, esa cuesta.
Torre coqueta y apuesta,
vigilaba al olivar.

Casi se violentó por mi expresión, abriéndome de pronto las puertas del recital que había dado comienzo. Lamentó no poder ofrecerme ninguna silla porque estaban todas ocupadas (no podía haber mayor placer para mí que el ver la sala completa).

En esos momentos ya nos hablábamos de tú (es raro que dos flamencos nos tratemos de usted, fue únicamente la cortés presentación).

 

Fue entonces cuando empecé a poner orden al presente que presenciaba.
Estaba de pie, detrás del público, frente al escenario, junto al equipo de sonido.
Quizás este amigo, lo llamare así porque no recuerdo su nombre, alto, delgado y moreno, que se acercó anteriormente, algún otro asistente, el encargado del equipo de sonido –con el que brevemente durante la actuación, debido a mi afición y básicos conocimientos a la alta fidelidad y acústica, solventamos un problemilla breve sobre la marcha sin que el público lo advirtiera– y yo, seríamos los más jóvenes.

‎Llamaba la atención en primer lugar y sobre todo, el impoluto orden, silencio y equilibrio flamenco que reinaba en la sala esperando que acertados acordes de guitarra dieran paso a la armonía del cante, mientras con su rigidez en la silla evidenciaban el disfrute que sentían mediante su quietud y atención los asistentes.

Señores y señoras, ellos ataviados con traje y corbata, ellas engalanadas como cualquier otro domingo (sin serlo), con respetable edad y presencia.

Finalizó y nos encontramos el amigo anterior y yo cuando comenzó el alboroto final de movimiento de sillas para retirarlas y colocar mesas de la celebración que tendría lugar a continuación.

En realidad no sé si debido a mi vestimenta con traje de moto y casco en brazo, a mi pelo largo, a que no era bujalanceño o a todo esto a la vez, me ofreció una cerveza y entablamos conversación.

Aproveché para preguntarle por el libro, me vio interesado y fue a no sé qué sitio a por uno nuevo para enseñármelo.

Era una edición limitada que se regaló en su momento a socios, pero quedaba alguna unidad.

Vi el cielo abierto. Quise comprarlo, pregunté el precio y rechazó cualquier cantidad, ofreciéndomelo como regalo diciendo a la vez que no estaba a la venta.

No pudo ser mayor mi júbilo cuando me lo entregó.

Yo era un perfecto desconocido.

 

Los entendí de repente
yo no sé lo que pasó.
Bujalance, era su ambiente
o era el trato con la gente.
Un cordobés diferente
que a Córdoba siempre amó

De pronto hice amigos, nos presentamos, me hablaron de la Peña que nos reunía y su historia.

Un miembro de esta al que acababa de conocer, al ver que estaban cerca cantaor y guitarrista se dispuso a presentarnos como paisanos y comenzamos a hablar.

Impensable empatía la que surgió o sentí al menos.

Me invitaron a sentarme con ellos, no en cualquier sitio, no.

Justo entre el cantaor y el guitarrista frente a platos de gambas, jamón, queso, vino y cervezas, insistiéndome en su consumo (y luego dicen que los flamencos no comen, ja, ja, ja), disfrutando de una conversación tan amena como paradójicamente familiar.

Allí conocí el significado del nombre al estilo, la Pajarona.

Palo austero, poco amante de florituras poéticas y recursos literarios, de métrica escueta y única temática agrícola, con romanticismos inexistentes cumpliendo el cometido de su único fin, la ardua labor del olivar en el acalorado campo cordobés, estableciendo una maravillosa simbiosis entre agricultor y mulo, continuando el encanto que el flamenco le otorga a cualquier cante una cadencia pausada y seductora con cariz agrícola.

Ese ambiente tan flamenco, acogedor, servicial, humano y en definitiva bujalanceño que respiré aquella noche me hizo disfrutar un recital mágico y contraer una deuda con este pueblo, su cante y su Peña.

Conocí la celebración de este concurso en mis visitas posteriores a La Peña y el de letras de Pajaronas.

Antes de conocer métrica y temática general de este estilo flamenco, La Pajarona, y como por inercia de letrista ideé varios temas que podrían encajar en palos distintos (preferentemente fandango), de manera que no servían para este cante, pero me saciaron tanto que me gustaría considerarlos como el modesto pago al débito contraído aquella acogedora y flamenca noche y ahora tengo el placer de compartir.

Gracias Bujalance, gracias Pajarona.

 

Bujalance Pajarona
caminito de Jaén.
Orgullo de temporera,
la medalla olivarera
del flamenco cordobés

Que es el cante más sudao,
en el campo los testigos
La besana que ha labrao
con sus surcos ha abrazao
uno a uno los olivos

Suena verde el horizonte
que de olivos se tiñó.
Que era fiel a su alcazaba.
Hacía palmas la muralla
Pajarona le cantó.

Una torre que se inclina
y es así porque se asoma.
Que no escucha desde arriba
cantes de eras y trillas
ni cantar La Pajarona.

Que no cambien esos cantes
de la trilla y de la era
Pajarona y Bujalance
sangre de la misma sangre.
Sangre noble aceitunera.