Un mundo perdido

Víctor Aceituno

A Juan Cano Hinojosa, mi padre.

Alguna vez lo pienso, que soy como un postrero e inesperado esqueje surgido en el tocón de aquel viejo olivo cercenado del ladero: único y vano al borde del precipicio. Como me pasa ahora, mientras, desde la ventanilla del coche, contemplo a lo lejos la mancha de tierra del Haza Chica, con la sombra tostada que la luz del mediodía proyecta desde las cenicientas copas de las olivas.

A mi lado estás tú, dándotelas orgulloso, recordándome la última vez que los dos estuvimos aquí, mano a mano, veleteando primero el pedazo, para hoyarlo después hasta su justa y precisa profundidad, que no fue otra que la que marcaste a ojo de buen cubero, mientras, con gesto de ingeniero entendido en mil menesteres, sostenías el plantón en cuclillas. Han pasado quince años de aquello, de ahí que las hilás se distingan sin dificultad desde lo más alto del carril.

─¿Qué… las reconoces? ─y yo asiento mientras te sonrío.

Confieso que nunca tuve querencia por esto, que para mí el campo siempre fue esa condena a trabajos forzados que cada Navidad teníamos que cumplir para poder regresar a los estudios con el contador a cero de engreimiento tras la cura de humildad. Eran esos deberes que no ponían en la escuela, sino las cuentas de la vida que tú nos echabas en casa: quebrados de honradez, raíces cuadradas de tradición familiar y muchas, muchas multiplicaciones de trabajo con decimales de esfuerzo.

Entonces trasnochábamos por sistema, porque estábamos en edad de bebernos la vida sin miramiento alguno. Por eso te hacías el loco cuando alguno de nosotros flojeaba tras la merienda. Ya te habías encargado tú de que la carga estuviera hecha para el mediodía, porque a buen seguro que no hay mejor manijero que el jefe. O si el perjudicado en cuestión lo estaba más de la cuenta, lo mandabas toda la tarde a ayudarte en la criba, a limpiar la aceituna de tallos y hojas, que un par de horas eran suficientes para dejarte las manos hinchadas y llenas de moratones, acribillado por el aluvión de aceitunas que caían en la espuerta como pedradas de granizo.

En ocasiones, tras una noche de viento, cuando las camás amanecían renegreando por la aceituna caída, nos mandabas con las mujeres a coger suelos –pues las labores de la recolección estaban discriminadas por sexos–, para así no perder la delantera y que los hombres no se vieran obligados a parar en el avareo. Nunca he olvidado la valía y el esfuerzo de aquellas mujeres baqueteadas en las mil y una fatiga de la recogida de la aceituna, aquellas jornaleras que, pertrechadas de rodilleras y refajos, esquivaban los mordiscos inmisericordes que repartía el frío de diciembre, a la par que se resguardaban de los filos punzantes de piedras y cantos, mientras sus manos ágiles y expertas llenaban vertiginosamente la esportilla sin un aparente esfuerzo. Como tampoco he olvidado sus cuentos de posguerra con sabor a miedo y hambruna. Los mismos que treinta años después aún seguían entumeciéndoles las entrañas, como si no terminaran por desperezarse de la congoja que aquellas historias de maquis, de injusticias y de agravios les habían metido en sus desnutridos cuerpos cuando eran niñas. Las contaban con la boca chica y llena de susto, como si los Chaparros[1] acechasen detrás de una oliva o en un recodo del camino, como si todavía permanecieran escondidos en cualquier cueva o cortijo abandonado de Sierra Mágina.

Pero las más de las veces andábamos ahí, perfectamente integrados en la cuadrilla; manejando concienzudamente una vara mediana en las faldas, en los haldares. O, dependiendo de la agilidad de cada uno, subidos piqueta en ristre a la cruz de la oliva, para así poder alcanzar las aceitunas de los copos. Porque cada campaña la cuadrilla era tu familia, con quienes compartías sudores y confidencias, tajo y talega.

Así, a eso de la hora del ángelus, cuando el sol ya ha calentado suficientemente la aceituna recién vareada en la improvisada parrilla de los fardos, un efluvio vaporoso y frutado de aceite recién molido llegaba hasta nuestras pituitarias y, como si de un resorte se tratara, activaba nuestros jugos gástricos, para mal llevarnos, narcotizados y hambrientos, hasta la hora de la merienda. Entonces, ya con el estómago dispuesto a dar la bienvenida –aunque fuera– a una piedra que viniera, todo sabía a gloria: un trozo de tocino o un chorizo de la reciente matanza, una tortilla de papas o unos huevos verdeando en alcachofas, un trozo de queso en aceite o de bacalao en salazón, o una “bodica” –aquellos inmejorables higos secos con nueces, que tan bien casaban–. Y para hacer pasar todo esto, un buen trago de vino animaba la conversación, mientras se atizaba la lumbre, que es bueno arrimar las posaderas al calor antes de volver al corte.

Te sales del coche sorteando con disimulado esfuerzo esas zancadillas que la edad te ha ido poniendo. Una vez fuera, lo celebras brazos en jarra, mientras bañas tu rostro en este sol de otoño, despreocupado y seducido ya sin remisión por los áridos parajes de las Ramblas. Cuando ya estoy a tu lado, observo cómo en tus ojos se ha dibujado el perfil de este joven olivar al que miras entre orgulloso y torvo, como si se tratase de un hijo cuyas decisiones no te acaban de convencer. Y me recuerdas una vez más la epopeya familiar: cómo mi bisabuelo primero, y mi abuelo, y después tú, cambiasteis el laboreo del cereal, las vides y los almendros por el olivo, ese árbol agradecido que da tanto por tan poco. Ese árbol sabio que griegos y fenicios trajeron desde oriente por todo el Mediterráneo hasta lo que ellos creían el fin del mundo. Ese árbol primero que los romanos nos enseñaron a respetar y los árabes mimaron regalándonos todo un entramado de canales y de acequias, antes de que fuera relegado y casi extinguido por los conquistadores cristianos que llegaron desde el norte, desde tierras bárbaras con su carne, con su pan y con su vino. Porque fueron nuestros bisabuelos y nuestros abuelos quienes repoblaron de olivas las Ramblas, la Manseguilla, Neblín, los Alijares, la Loma, el Alhorín, el Castellón, los Toriles, los Condesos o la Solana. Fueron ellos los redentores de estas tierras de Bélmez y de su Moraleda, para que ahora alcemos con orgullo nuestras cabezas.

─¿Sabes hijo?, quien diga que la vejez es buena, miente. Pierdes independencia, energía, ilusión… lo triste es la vejez, no la muerte. La muerte te soluciona todo.

Me dices esto sentado en una piedra desde donde contemplas la trazada que dibujan las olivas al tresbolillo, mientras te preguntas si aguantará ese hilo milagroso al que parecen andar sujetas, ese mismo que parece impedir que se despeñen de sus taludes.

─Cuando la gente de mi edad se reúne, solo hablan de enfermedades… claro que cuando lo hacéis vosotros, solo habláis de series de televisión.

Puedo contar con los dedos de una mano cuántas conversaciones como esta hemos tenido tú y yo a lo largo de la vida, pues siempre fuiste hombre de pocas palabras y menos explicaciones. Recuerdo cómo mis hermanos y yo manejábamos un diccionario peculiar con el que interpretar tus gestos, tus órdenes, tus indicaciones. Y con todo, siempre nos surgían discrepancias sobre lo que verdaderamente habías querido decir: “Os lo vais trayendo todo vaga abajo, de allí p´aquí y luego, al contrario, a ras, sin dejarse ni un hilo. Y cuando lleguéis a to lo hondo, remontáis y le dais un repaso, que quede bien parejo, ¿entendido?”.

Y aunque asentíamos, luego nos tocaba discutir sobre cuál era la acción en sí y qué herramienta precisábamos para ello. Si la azada para repasar el capote o los ruedos; si el hacha pequeña para espestugar o entresacar. Y así nos criamos, no precisamente como los niños bosquimanos, que hasta que no cumplen tres o cuatro años, deambulan por todo el desierto del Kalahari asidos al pecho de sus madres, mecidos en un cabestrillo de piel, conformes con su suerte, acunados por el suave balanceo del caminar que los reconforta y los hace felices: los niños más felices del mundo. Nosotros, sin embargo, aunque no éramos ni mucho menos desdichados, crecimos en la tierra del búscate la vida y en la cultura del apáñatelas como puedas. Mortificados desde bien pronto con la espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas: o estudias o al campo, como si ese “campo” significara la decapitación, el fracaso.

Me cuesta ahora reconocer aquella exigencia –dureza a veces– en este anciano tranquilo y afable, que me busca con la mirada demandando su abrazo diario y su preceptivo beso de buenos días. Esta primavera, en uno de mis regresos a la madre, a la familia, a Bélmez, mientras miraba el destello de los olivos en la ventanilla del coche –del mar de olivos que tanto gusta decir por estos pagos y un hilo de orgullo se nos va cayendo barbilla abajo– veía el ramón amontonado y recordé que estábamos en tiempo de corta. Viajé unos años atrás hasta sentir de nuevo una bofetada de calor en la cara, como cuando una inoportuna ráfaga de aire cambiaba el fragor de la hoguera dispuesta para quemar todo el ramaje desmochado. Entonces, uno de mis hermanos arrastraba entre maldiciones las támaras ardiendo, mientras yo corría para echar unas cavadas de tierra al fuego. “¡Tío, eres un inútil!” Pero en esos momentos de apuros siempre aparecías tú, un recio agricultor de cuarenta y pocos años por aquel entonces, que no conocía ni la fatiga ni lo imposible. Con tres toques de azada y dos patadas a la lumbre, agachabas las llamas y hasta conseguías apaciguar al mismo viento. Eran otros tiempos: tú eras joven y fuerte; el ramón se transformaba en cisco, en ras con que avivar las ascuas de los viejos braseros, o simplemente se quemaba, mientras ahora se dispone como abono del propio olivar; las vibradoras acababan de hacer su aparición para aliviar estos trabajos forzados y mecanizar por fin la recogida, y eran tan pesadas… Y si escarbo un poco más, aparecen, como si de restos arqueológicos se trataran, las cribas, las bestias cargadas con colmo de sacos de rafia, los capachos… todo un mundo perdido en el fondo de mi memoria.

Desde esta altura de la vida, cuando ya he cumplido los cincuenta y atisbo la cumbre en mitad de la subida, veo con meridiana claridad todo aquello de lo que me fui desprendiendo por el camino: el calor familiar, el valor de las tradiciones, el arraigo a la tierra, la ilusión, la esperanza… Todo lo que –quizá– tendré que regresar a buscar para poder darle sentido a este viaje.

Por una extraña razón que no alcanzo a adivinar, tú ya sabes todo esto. Probablemente porque, en algún momento de tu vida, debió ocurrirte algo parecido. Por eso me sonríes, ahí sentado, desde el mirador de tu piedra, mientras prosigues con tu eterna letanía.

─Pero míralas… están doblás. Si la cosa no se tuerce, este año habrá una gran cosecha.

Entonces, me planto ante ti y me agacho hasta que tengo a mi altura tus ojos, para así poder escrutar en ellos lo que me quieren decir desde detrás de ese velo gris que últimamente ha enturbiado tu mirada. Y soy yo quien habla ahora de olivas, sí, y tú quien se rasca la cabeza descreído y dudoso. Y te hablo del paso del tiempo, de lo que se llevó para siempre y de lo que trajo de nuevo, pero también de lo que aún se resiste a marchar. De cómo las piedras y prensas del viejo molino perdieron su lugar, aunque perdure el saber hacer y la sabiduría de los molineros, pero también otros hábitos y maneras remisos y temerosos de lo por venir. Te hablo de que, con los ojos cerrados, cambiaría la carga de estas olivas por un buen rendimiento, porque no me quita el sueño la cantidad, pero no concibo otro color en este aceite de Mágina que el amarillo dorado, casi verde, reposando en el fondo del plato de pipirrana, ni otro olor en ese poso que la rotunda fragancia de la hierba, de la higuera, de la alloza… ni otro sabor que no me deje un gustillo a fruta y almendra y me traslade a las remotas meriendas de la infancia, al pan con aceite y azúcar y a su ligera amargura picando en la punta de mi lengua.

Cojo tus manos enjutas y frágiles, aunque estén cuidadas y suaves, gracias a tus friegas diarias de aceite, tu remedio casero, tu medicina y cura para todo. De pronto, vuelvo a ser un niño aporreado y dolorido al que le has colocado una moneda de cinco duros en el chichón, con la venda bien prieta, mientras el aceite me chorrea por la frente. Tú me abrazas y me aprietas con fuerza, sabedor de que al final me he convertido en ese insospechado e impensable chupón que le ha salido a un viejo olivo talado y al que vas a dejar crecer con la esperanza de que no sea el último de un tiempo ya perdido.

[1] Existe un concienzudo trabajo de Francisco Ruiz Sánchez llamado “Los desertados de Huelma”, en el que se desgrana de manera pormenorizada la verdadera naturaleza de la llamada banda de Los Chaparros. En él, Francisco Ruiz llega a la conclusión de que no fueron maquis, sino desertores de la guerra del 36 que se echaron a los montes de Sierra Mágina para convertirse en verdaderos bandoleros, muy al estilo de los del siglo XIX.