Manzanillo

Jesús Buendía Colmenero

Manzanillo despertaba otra mañana gélida. Recuerdo que era un nueve de invierno con olor a humedad que ungía el atestado campo de olivos con un ralo rechinar en la campiña giennense. Desde su pequeña atalaya podía, o más bien quería, dibujar esa imagen imprecisa de un amanecer vívido. Siglos desplegando las pestañas y aún le costaba doblegar esas pequeñas persianas que, de aspecto lábil, lo convencían de ser perezoso. Esa mañana, aún sin sol, presentía un olor a final en su corteza. Se desmarañaba lentamente de esa sensación, menospreciando el paso del tiempo que él convenía para sí como un accidente que siempre está a punto de suceder… para luego volver la mirada a sus raíces, su anclaje vital.

Era un olivo vetusto, pero de alta estirpe Manzanillo. Al menos así se consideraba él, peculiar y como tal era reconocido. Pertenecía a una variedad especial que no crece en tierras peninsulares, la especie Leyva, un género nativo de ciertas áreas colombianas y cuya producción, decían, es mucho menor que la de sus congéneres que lo rodeaban. Éstos, atónitos, nunca habían entendido cómo ese viejo resistía a todas las cosechas sin ser talado ya que su rendimiento, además de ser de diferente gama y menos fecunda, iba, inerme, menguando con los años. Si eso no fuera suficiente, portaba un nombre de una variedad hermana que nada tenía que ver con él. ¡Indignante! Pensaban a su alrededor en todos los alcorques que flanqueaban su espacio.

Sin embargo, Manzanillo escondía un secreto que sus no hermanos desconocían y que justificaba por arte de superstición su continua supervivencia en cada temporada.

Para mí, Manzanillo era mi escondite favorito. Me crie como hijo único en una granja que vigilaba estos cultivos y, desde que tenía tres años, recorría palmo a palmo estas tierras. Pero Manzanillo era mi casa; desde luego pasaba más horas junto a él que en cualquier otro sitio. Su tronco era tan grueso que nadie podía saber que, dentro, se escondían los pequeños tesoros de un niño de ocho años, incluso con anaqueles que mostraban mis objetos favoritos, como cantos de río tanto de colores púrpuras, como macilentos otros. Me sentía seguro abrazado por ese leño descomunal, como reconfortado por un abuelo al que nunca conocí; sentía que con él tendría todas las respuestas en nuestros silencios compartidos.

Cuando el demiurgo sol despertó de su letargo, encontró la campiña desierta de vida humana al amanecer, a sólo unos minutos de que los labriegos comenzaran a teñir de sonidos y colores esas tierras que yacían en ocre y verde.

Manuel, de unos treinta años, se acercó apresurado a la linde de Manzanillo y, como cada mañana, seguido del resto del pueblo, todos se persignaron al paso del anciano vegetal. En Trigiana corría, de almohada en almohada, la leyenda de que ese árbol daba respuestas vitales a las pesadumbres de cada cual y, como significado de gratitud, el pueblo por entero había pasado por su pequeño parterre a cimentar su creencia.

Corría la jornada lenta y pesada para Manuel en sus labores; mientras masticaba su culpa de no sentirse un buen padre, miraba los pliegues de su pantalón que, como un espejo, devolvían arrugas de pana a su meditabundo rostro. Y al acabar de limpiar los alcorques, y abriéndose camino entre los olivares, se acercó a Manzanillo y se desplomó, en su soledad, deshojando su mente:

−Manzanillo, siempre quise ser padre. Lloraba mi juventud por encontrar una buena compañera con la que iluminar nuestra familia. Y el cielo nos dio el regalo de un precioso niño de tez arenácea, como estas tierras que piso. Pero no soy buen padre; mi hijo, que ya es un hombre, y yo no tenemos contacto desde que viajó fuera en busca de un buen trabajo. Se resiste a hablarme cuando llama a su madre y cuando, no sin esfuerzo, conseguimos dialogar, los silencios nos irrumpen como rocas en la boca de una cueva. Ayúdame.

Un crujido cortó el soliloquio de Manuel y le siguió el mutismo mojado de sus lágrimas en la tierra. Elevó su figura y marchó hasta el nuevo día.

Aquella tarde escuché a Manuel musitarle a mi guarida mientras jugaba con las cortezas secas en el interior de Manzanillo. Palabra por palabra iba yo figurando con mi navaja, en la oquedad de mi anfitrión a base de dibujos y garabatos. Sabía que eso le gustaba a mi compañero puesto que despejaba de astillas y chascas podridas que oxigenaban mi escondite. Al caer la tarde, como un acuerdo entre ambos, Manzanillo me susurraba una palabra que tallar en su corteza que quedaba impregnada junto a las demás. Y así, un día tras otro, nuestro pacto iba llenando de mensajes su tronco como un altar de letras ininteligibles.

El mes de diciembre copa los campos de aceituneros. Trabajadores incansables que al alba comienzan su jornada agotándola con el ocaso. Debo reconocer que es mi época favorita. En el interior de Manzanillo no se cuela la helada brisa del campo ralo y esa tarde estaba absorto jugando con mis canicas en mi cueva predilecta. Me pareció escuchar fuera una voz de fémina que gemía a los pies de mi árbol. Intuía, inquieto, que era la misma hora en que el día anterior Manuel expresó sus zozobras. Los lamentos mujeriles me hicieron darme cuenta de que era Rufina, la hija del peluquero del pueblo, una hermosa chica de veintipocos años y mirada baja que ahora hablaba frente al leño.

−Manzanillo, si tú portas las respuestas dime cómo salir de este agujero de incertidumbre en el que me encuentro. Desde hace años quiero partir lejos, buscando mi verdadera profesión, la música deshoja mi juventud aquí metida, en una cueva donde nadie me escucha. Quiero que mi voz se eleve en teatros y escenarios, entonar mi felicidad en un camino de notas para el público, necesito liberar esta pasión que aquí languidece. Pero soy hija única, mi madre no pudo engendrar más y no quiero dejarla sola, creo que se apagaría como lo estoy haciendo yo en esta aldea.

Un sonido a mis espaldas musitó algo ininteligible para mí. Como conectado con ese lenguaje que no entendía, comencé a tallar letra por letra creando formas y contornos profanos al humano y con mi débil latido sobre la corteza escuché marchar a Rufina. Dejé una vez más mi mensaje inconexo forjado en el torso de Manzanillo y marché a casa confundido, aunque siempre con una sensación de conexión con los demás que no lograba entender jornada tras jornada.

Fueron meses los que pasé escuchando las plegarias y zozobras de gente del pueblo que a los pies de Manzanillo desgranaban sus misterios y buscaban consuelo. Siempre, cuando acababan su soliloquio y tras el mensaje de mi árbol, esculpía sus palabras que iban acompañadas de una fuerte brisa que coincidía con la marcha del penitente. Yo seguía haciendo mi parte, secundando a mi confidente, marchando tras su recado de léxico. Confundido, pero siempre llevado por una fuerza que me hacía repetir día tras día.

El bar de Jacinto es el círculo social masculino de Trigiana. Gargantas luchando por sobreponerse a los del corro contiguo, debaten sobre fútbol y cosechas, sobre el rendimiento en ambos campos. Cuando cruzas sus puertas, el elevado murmullo confunde tus oídos, como el de mi árbol, uno por susurro insólito y otro por caótico, ambos indescifrables. Sentado me encontré en ese antro un día por circunstancias de mi padre y su holgazanería de no llevarme a casa cuando el lingotazo de Jacinto estaba en nuestra ruta. Allí rezongaba Careto, un señor de tez atocinada y que, según decían, tocaba ya el siglo de vida; contaba en el corro de contertulios de mi progenitor la leyenda que precedía a Manzanillo. Según el anciano lugareño, una india de origen chileno, emigrada a España a mediados del siglo diecinueve y con reputación de bruja, había viajado con Manzanillo cuando tan solo parecía un bonsái. Algunos decían que había tenido que huir de su origen acusada de maga y hechicera, escondiéndose por ello en una aldea lejana y poco conocida como aquella, recalando en Trigiana. Zuria, que así se hacía llamar, cultivaba plantas de todo tipo y su fama de curandera le hizo ganarse una gran popularidad en el municipio y aledaños, gracias a sus fragancias y tisanas que acompañaba con oraciones para los que la visitaban que buscaban consuelo a sus achaques. Careto se puso muy serio cuando le preguntaron por el final de esa señora. Según relató ante los absortos ojos de media cantina que se había unido al relato, nadie conocía bien el término de los días de Zuria. Se rumoreaba, eso sí, que un día desapareció dejando solos sus verdes jardines que poblaban hasta los tejados, donde miles de variedades de plantas habían acompañado durante más de tres décadas a la india chilena. En pocas jornadas, su casa fue menguando como por arte de magia y los extensos parterres y fuentes que la secundaban fueron desapareciendo como engullidos por la tierra. La superstición relaciona su muerte con el nacimiento de Manzanillo, aunque, según Careto, el árbol siempre estuvo con ella, presente en sus consultas, perenne en una maceta sobre una mesilla junto a la presunta bruja.

Una tarde, tras acabar mis muchos deberes y tras el merecido permiso materno, decidí como de costumbre encaminar mis pasos hacia mi familiar trinchera de leña. A mis padres les había dicho que acabaría mis trabajos en casa de Urbano, mi mejor amigo desde pre escolar, quien conocía todo de mi vida, excepto mi escondite y amor por Manzanillo. Aunque febril, sentía la necesidad de esconder los últimos minutos del ocaso junto a él y así lo hice. Ese día no tenía mucho tiempo así que decidí no entretenerme y corrí, libros en mano, a mi guarida. Mientras leía la lección de Ciencias dentro de mi abrigo de leña, sentí como caía la tarde y, sorprendido, escuché fuera una voz conocida.

−Querido árbol, sólo me queda consuelo en tu infinita ayuda que todos pregonan y a la que yo acudo como última esperanza. Mi mujer se muere, languidece por días, algo le come por dentro y es cuestión de semanas que mi querido hijo de ocho años empiece a notar su deterioro. No encuentro fuerzas para contárselo y es mi deber. Imploro tu bondad y sabiduría para hallar la respuesta a esta traba que la vida nos ha puesto y encontrar la salida. ¡Si yo pudiera cambiarme por ella!… mi hijo necesita de su madre, están muy unidos y yo la amo, en todos sus pliegues de mujer hermosa y sin aristas en el amor. Me encomiendo a tu saber.

Otra vez el sonido del tronco a mis espaldas acompañaba esta vez su mensaje con mis lágrimas. Me había enterado de la enfermedad de mi madre de la peor forma posible y la brisa que fuera soplaba fuerte escondía mi llanto y gritos de dolor mientras tallaba la que, aún lo desconocía, iba a ser mi última obra en la corteza de Manzanillo.

Muchas estaciones pasaron antes de que volviera a ver a Manzanillo. Una semana después estábamos dejando Trigiana para marchar a la capital y encontrar solución a la enfermedad de mi madre. Fueron años muy duros, donde todos luchamos a los pies de una cama, noticia a noticia por su recuperación. Yo tuve que incorporarme a un colegio en la capital donde no estaba mal, pero echaba de menos a mis dos mejores amigos, al humano y al leñoso, Urbano y Manzanillo. Finalmente, mi madre comenzó a encontrar salida a sus martirios y, paso a paso, cada semana los médicos iban encontrando un pequeño avance que nos daba mucha esperanza por mantenerla entre nosotros. En mi catorce cumpleaños, que celebramos en el hospital con una gran tarta a los pies de la cama de mi madre, ella me susurró que pidiera un deseo pero que no lo dijera, que fuera para mí:

−Debes cerrar los párpados fuerte y pedir tu deseo con todo tu corazón, hacia dentro, respirando y pensando en algo que acompañe a dicho deseo.

Así lo hice, obedeciendo a la mujer que me dio la vida. El deseo estaba claro, pero algo ocurrió durante ese ritual. Mientras respiraba profundo y pedía hacia mi interior la recuperación de mi madre, la imagen de Manzanillo vino hacia mí junto a esa brisa que tan bien conocía y que, años atrás, había hecho de broche de las plegarias de la gente del pueblo, decenas de personas que deshojaron sus cicatrices delante de mi árbol conmigo escondido dentro.

Al día siguiente en el hospital hablé con mi padre y le conté la necesidad que tenía de volver al pueblo por unas horas. Temía su reacción, pero, por el contrario, entendió perfectamente que quisiera hacerlo, aunque nunca le confesé que años atrás lo había escuchado llorar a los pies de Manzanillo. Creo que él intuyó el porqué de mi viaje o así me pareció descifrar en una mueca de amor y comprensión que nunca había visto antes en su gesto.

Llegué a Trigiana a mediodía y me dirigí para comer a casa de Urbano tras haberlo telefoneado el día anterior y darle noticias de mi fugaz visita. Ambos convenimos, muy contentos, que nos pondríamos al día en el almuerzo y que no me preocupara, su padre me acercaría a la estación con tiempo para coger el tren de camino de vuelta a la capital. Encontré a mi amigo cambiado, con un gesto de madurez que le hacía sentir mayor, aunque no había perdido su sentido del humor acompañado de su chasquido de dedos al saludar, arrastrado desde parvulitos. Estuvimos horas hablando y a media tarde me excusé, alegando que tenía que pasar por casa a recoger unas cosas antes de volver y que prefería hacer esa tarea solo. Mi amigo asintió comprensivo.

Desde lejos veía a Manzanillo proyectando la sombra de la tarde. Mientras acercaba mis pasos, tuve la sensación de volver a mi niñez a cada paso, recorriendo de nuevo el camino que había hecho miles de veces al encuentro con mi querido árbol. Casi acaecía el ocaso, las últimas luces de la tarde se colaban entre los cientos de olivos que secundaban a mi amigo y parecían dibujar un sendero que acercaba mi trayecto a mi pueril escondite. El silencio me acompañaba al encuentro con mi leño, sentía una emoción inefable de encontrarme en casa, acercarme al lugar donde había vivido tantas cosas y situaciones, emocionado y confuso a partes iguales. Decidí, no sé cómo, no entrar esa tarde por la apertura de atrás que tan bien conocía y dirigirme al frontal de Manzanillo para observarlo y regodearme en su presencia.

Absorto, de repente, el sonido brusco de la brisa que tan bien conocía desde otro lugar, inundó mi cara. Esta vez era yo el que me postraba ante Manzanillo para repetir el mensaje que en mi cumpleaños había rezado junto a mi madre. Los últimos haces de luz rebotaban como magia en la colina frente al árbol y lo vi, iluminaban los garabatos que años atrás yo había esculpido y cuyo significado ignoraba. Extraños palíndromos que ahora aparecían como mensajes claros que había ido dejando durante jornadas para las personas que acudían a los pies de Manzanillo. De repente, roto entre lágrimas, entendí todo; los mensajes a Manuel, Rufina junto a otros cientos, aparecían cristalinos y comencé a recitar mi petición, convencido de que el alma de la bruja Zuria encontraría una vez más las palabras exactas.