Pimienta verde

Isabel María Muñoz Rodríguez

 

“Las batas de lunares son los campos de secano revosaos de olivares”

—¿Alguien sabe dónde he puesto mi pimienta verde?

Entre un aire de despiste y enfado impostado, aquel viejales espartano recorría la sala levantando platos y enseres de la cocina, mirando sin ver en aquel universo culinario que poco parecía importarle. Todos lo miraban condescendientes, a sabiendas de que importunar al Minotauro solo les traería una larga retahíla de conversación incongruente para saciar la espera en la búsqueda del objeto perdido.

Sebastián proseguía con su prosa dispersa, mientras la nevada se hacía bruma de aire, y convertía el paisaje en una ligera losa de invierno. Solía administrar pequeñas dosis de sus pataletas milenarias cuando Bera regentaba aquel negocio perdido de la mano de Dios, con la sabiduría y la paciencia de quien siente su lugar en el mundo en las yemas de los dedos. Pero Sebastián ya no podía compartir esa paz que deja el alma tranquila, esa por la que uno sabe que está donde quiere estar. Y con éstas, la búsqueda del condimento se convertía en una excusa para hablar de todas esas cosas que le rebosaban el cuerpo, como el aceite de oliva en el hoyo de pan.

Una mano acaricia sutil su espalda. La mirada de Ingrid le dirige al instante hacia una estantería. Tras un par de frascos asomaba el poderoso hechizo de una lata morada que hizo carcajearse a un Sebastián que saltaba por entre las mesas como un mocico de quince años.

—¡Albricias! —exclama, entre las sonrisas cómplices del elenco restaurador.

Entre el relame y el sosiego del guerrero tras la batalla, coge con delicadeza la pieza y la observa mirándola como si pudiera ver a trasluz su contenido. Satisfecho, olisquea, relee por enésima vez la etiqueta, y se dispone a abrirlo cuando el novato salmantino entra en acción.

—¿Aceitunas? —pregunta. La sorpresa del joven aprendiz es mayúscula, y la reacción del personal entre la carcajada y “te la has cargado, chaval”, con la prudencia propia de unas criaturas nórdicas, nada dadas a entrometerse en conversación ajena.

—Sí, ¿qué te sorprende, bacalao? — espeta Sebastián, satisfecho por el deleite de saborear una más y la intromisión arrebatada del joven Miguel.

—Bueno, creí que era otra cosa y…

No le da tiempo a terminar cuando el hombre se sienta cómodamente en la barra y se dispone a abrir una nueva botella de tinto, mientras juguetea con dos copas en la mano.

—Querido Miguel, eres nuevo y no conoces el lenguaje de esta cocina.

Al preso de sus palabras se le queda la boca abierta, como quien cree haber metido la pata, o ser un ignorante en materias serias, como su beca para estudiar en aquel templo del salmón noruego.

Ingrid sonríe mágica. Observa con amor a aquel señor mientras se prepara para pasar la velada asistiendo a un monólogo ya rayado por el uso, ansiosa por desentrañar los nuevos matices que Sebastián dará a su eterno relato, cómplice por descubrir el paradero de la lata, y entusiasmada por ofrecer consuelo a aquella alma soñadora, que tanto añora la tierra que le vio nacer.

—Mi madre decía que todo plato empieza por unas buenas aceitunas: delante de unas migas, aceitunas; que si cocido, aceitunas; y lentejas, con aceitunas. Que pegan con todo, decía, porque les da saborcico bueno de casa. Negras, verdes, gordales, picuales 
¡Y las de cornezuelo!¡ Qué más da…!

Miguel escucha como si Sebastián hablara en sueco, y se pregunta a dónde irá a parar la conversación.

—¿Sabes cómo se aliña una buena aceituna, Miguel? No habrás aprendido a hacer algo bien si no sabes cómo darles el punto de sal y el cuidado a unas buenas aceitunas. 
Es todo un arte. ¡Mi abuelo era un maestro…! ¡Y mi abuela las destrozaba todas! — Estalló en risas recordando la ira del viejo en aquel cortijo blanco medio abandonado en la campiña jiennense, cuando descubría la mano deslavazada de la pobre Manuela en el desastre de aquellas aceitunas en salmuera que sabían a rayos.

Sebastián pasó los primeros años de su vida degustando con deleite los frutos del olivo, aprendiendo a diferenciarlos, conociendo toda su esencia desde el árbol a la mesa. Cada año recogía con el abuelo la cosecha, llevaba los remolques cargados hasta arriba, y observaba la maquinaria haciendo su trabajo en el lavado y la moltura. El olor penetrante del aceite cayendo en la embotelladora jamás lo olvidaría, aquel aceite atrojado de las viejas moliendas que se queda en nuestra dulce memoria de niño…

A estas alturas, Munin, Svan y compañía se han despistado de la cocina, dejando a Miguel casi a solas con su jefe parlante. Ingrid, sin embargo, se acerca y se sirve una de aquel vino. Todavía deja unos minutos para que Sebastián desentrañe al pobre Miguel el enredo narrativo de aquella noche, que comenzó con aquella lata jaenera en el fondo del armario.

—Así que aquí me vine yo, detrás de aquella rubia delicada y enigmática que me dejó muerto nada más verla. Ella aprendió a hacer gazpacho con buen aceite de oliva virgen extra, y yo a marinar atún, bacalao… ¡y toda esta sosería de pescado que comen por aquí! ¡Cuántas veces se enfadaba conmigo por incluir aceitunas en las recetas! “Sebastián no puedes sustituir la pimienta con aceitunas! ¡Eso sabe raro!” Pero ella me entendía, Miguel, sabía que el tacto, el olor de mi tierra me llegaba al seso, me sentía menos lejos. Con esas aceitunas sazonaba yo mi tierna soledad—El viejo respira hondo y toma el último sorbo.

Del bar de tapas en Málaga al Rincón Noruego en Madrid, Sebastián asistió cómplice a la distancia que el destino parecía imponerle. Entre la curiosidad y el espejismo de un futuro mejor, rodando de avión en avión, la prosperidad se hizo carretera y manta, añadiendo sellos en el pasaporte y en la vida, con esa extraña satisfacción que otorga alejarse de uno mismo, para acercarse a esa necesidad de no cumplir con las expectativas de una familia de terruño, que jamás saldría del olivar con regadío que heredó siglos atrás.

Y, sin embargo, con el tiempo, aquel ingeniero agrónomo que dormitaba bajo la higuera con el abuelo Romualdo, fue adquiriendo color aceituno en el rostro, piel seca por el frío y la pesadumbre, ojos empequeñecidos por la lectura de facturas, labio torcido ante la escarcha que clareaba su pelo y su mente, en la gélida vida del norte.

—Si pronto observas que te viene el olor a asado de cochino, y la voz de tu abuela te calienta la cama antes de dormir, es hora de volver, hijo mío. No hay nada como regresar a tiempo, antes de que vivas en sueños lo que un día dejaste atrás.

Era el momento. Ingrid besó sus canas y lo arropó con sus brazos.

—Vamos, papá… ¿Nos vamos a dormir? —le susurra.

Miguel termina de recoger las mesas y la pareja se aleja bajo la nieve.

La noche acaba en un frío que pela. El viejo arrebatado de enrojecido vino, turbado en el recuerdo, se tambalea camino a la pequeña casita junto al estanque, aquella que la mujer y él prepararon hace tanto tiempo para una madurez congelada bajo la aurora boreal.

—Papá…Creo que ese chico captó tu mensaje—dice divertida—. Seguro que se va contigo de vuelta, como sigas así.

Ingrid piensa aliviada que, por algún tiempo, verá por Skype a un Sebastián que aún no conoce, dorado de sol de sur, envuelto en una vida que le eleva el alma, mientras los chicos del restaurante comentan cada noche sus mejores charlas, extrañándolo.

Casi dormido se agazapa bajo la manta ligera, mientras Ingrid retira la lata que todavía mantiene en la mano para dejarla en la mesita. La luz es hermosa, piensa, una noche de esas primeras de invierno que clarean el bosque, más allá de la verja. Su padre sonríe satisfecho y duerme el alcohol con gran estruendo.

Todavía no le ha dicho que también ella quiere largarse, que anda buscando comprador para el negocio. Que también ella siente el rayo de sol sobre las hojas del olivo en las mañanas de primavera, el olor a tomate fresco y albahaca en las jornadas de huerta que todavía recuerda, en las breves escapadas de infancia con las que su padre alimentó el corazón, y sus ansias de volver.

Envuelta en aquel pensamiento, recoge la lata vacía de aceitunas y sale hacia el porche de madera, junto al viejo banco donde su madre esperaba cada atardecer. Casi en el alba enciende el primer cigarro, siente su calor, exhala su fragancia. “La vida es un artificio tras otro cuando uno vive envuelto en paisajes que hielan tu mirada, todo tu ser. Eso sucede siempre que uno no cumple consigo mismo, cueste lo que cueste. Por eso, Ingrid, no pares hasta conseguirlo; siéntelo cuando lo encuentres y, entonces, detente”.

Los primeros rayos del día le entornan la mirada. Sonríe dulcemente.

Espera tranquila. Sabe que pronto llegará el momento de regresar a casa.